21 Septiembre del 2024 - Sesión en la Biblioteca El Gavilán Sabanero de Fontibón
- costurerocarcelari
- 4 oct 2024
- 5 Min. de lectura

La Biblioteca “El Gavilán Sabanero” se encuentra al final del barrio Kassandra, que es el último barrio (según la limitación clásica) de Bogotá si decides caminar toda la Avenida Calle 13. A diferencia de los demás espacios en los que hemos estado este ha sido de los más difíciles de llegar, lo cual simboliza muy bien las dificultades que se viven allí. El barrio fue fundado al final de la década de los 90s, como producto de las últimas oleadas de ocupación de los terrenos del borde oriental de la ciudad. Justamente, el barrio colinda con el Río Bogotá, y al otro lado con el barrio Porvenir del municipio de Mosquera. Al otro lado de la Avenida se encuentran grandes conjuntos residenciales, pero para llegar a ellos debes atravesar varios parqueaderos de tractomulas y la Avenida misma; es decir, el barrio, en toda la barba de la ciudad, está desconectado de ella. Dentro del barrio el único equipamiento educativo es la Biblioteca, que en realidad es un proceso llevado a cabo por un grupo de madres autoconvocadas, en el primer piso de una vivienda arrendada bastante “metida” dentro del barrio y que queda al frente de la cancha de fútbol.
Desde un inicio, el barrio se fundó en diferentes etapas de urbanización y asentamiento en el sentido de la autoconstrucción. Esa “invasión” ha estado en un largo proceso de “legalización” ante el distrito: los predios, hasta hace unos años, no eran reconocidos como poseídos sino como ocupados ilegalmente por sus habitantes y, en razón de ello, hubo muchas reticencias en la provisión de los servicios públicos básicos - incluso al día de hoy, los predios más cercanos al Río (incluído el predio en donde está la Biblioteca y la cancha) no se encuentran legalizados y surten sus servicios desde las redes de solidaridad y apoyo entre los vecinos. Nuevamente, el acceso al barrio es prueba de ello: las rutas del transporte público no entran al barrio, y al estar “cercado” por la Avenida, el acceso de cualquier vehículo se dificulta mucho más; tan sólo para hacer el retorno es necesario cruzar el puente sobre el Río Bogotá y conducir hasta el peaje con Mosquera.
Adicionalmente a ello, en los últimos años el barrio ha recibido la llegada de varias familias migrantes. De hecho, una de las madres que participó en la sesión y que coordina la Biblioteca es proveniente de un pueblo en el Estado de Zulia en Venezuela, quien nos relató su llegada al barrio hace menos de 5 años. Varias experiencias semejantes fueron compartidas por las demás participantes de la sesión: el barrio ha crecido mucho desde su fundación, y con eso, los problemas de equipamientos y servicios han provocado otro tipo de problemas sociales. La proliferación de pequeñas bandas dedicadas al robo y al microtráfico han hecho un panorama de inseguridad, del que todos los habitantes son conscientes como problema. Precisamente las condiciones geográficas del barrio, al estar tan “metido”, beneficia el establecimiento de este tipo de bandas, que usan al Río, los linderos y los potreros, como espacios de tránsito. Ello ha sido “combatido” por una mayor frecuencia en el patrullaje de la policía, que abordan a los habitantes (particularmente a los jóvenes) en todas las situaciones y geografías del barrio: en mitad de un partido, caminando por la calle, sentados en los andenes, etc. Coincidencialmente, mientras dábamos conclusión a la sesión dentro de la Biblioteca, afuera llegaron unas 6 motos de policía a requisar a los jóvenes que veían un partido de fútbol; situación que ya es más que común, y que suscita un lenguaje muy particular en la ciudad:
“Madrigueras, cambuches, huecos, rotos, viciosos, bichos, ratas”
El lenguaje que se emplea es el lenguaje que se usa para referirse a los jóvenes que eran requisados, y que hace apenas una hora participaban en el taller. Los jóvenes, vecinos e hijos de los demás habitantes, son motivo de un vigilante escrutinio en un ambiente que constantemente nos recuerda la complejidad del habitar una ciudad tan injusta como Bogotá, que mira con desprecio a quienes la han construido. En mitad de ello, la Biblioteca se sostiene con el apañe de los vecinos y la colaboración de otros cuantos procesos que confluyen los fines de semana para hacer actividades con los niños y jóvenes del barrio: la Biblioteca es un refugio ante todos los problemas que enferman a los habitantes del barrio, pero también es una muestra del alcance de la solidaridad y el apañe como formas de enfrentar la ignominia de las instituciones que impiden vivir la ciudad - la Biblioteca es una vía de conexión directa a la ciudad, incluso cuando la puerta de la Biblioteca esté mirando hacia el Río.
Para esta sesión utilizamos el bordado sobre las pañoletas, y fue particularmente especial porque sucedió casi que en dos momentos entre los niños y sus madres. Los niños bordaron sus nombres, sus casas, sus juegos, sus amigos. Representaban con largas líneas aquello que podían observar y aquello que les generaba interés. De ese modo, el bordado se convirtió en una forma distinta de escritura, cosa que a la profesora de la Biblioteca le causó grato enorgullecimiento al mencionar que todos los niños que iban regularmente habían aprendido allí a leer y a escribir. Las mujeres, que llegaron cerca a la hora del atardecer, usaron colores fuertes para dibujar corazones, letras, rosas y árboles. Hubo una mujer que inscribió una frase religiosa, y que enmarcó con amor en torno a un profundo color blanco. Otra más construyó una espiral de figuras, y en el centró bordó el nombre de sus hijos. Cuando entraron las mujeres más mayores se sorprendieron al ver el material, y rápidamente mencionaron los lugares donde aprendieron a bordar. Recordaron a sus mamás y a sus abuelas, a los lugares de donde venían y a la tela que bordaban cuando eran pequeñas. Ese pequeño espacio nos arrojó en profundidad sobre la memoria y el textil; aprender a bordar es casi tan intuitivo como montar cicla, pero por eso mismo, requiere de una pericia del movimiento de las manos que solo es aprendida con la práctica. Mecánicamente, las mujeres enhebraron las agujas y tensaron los tambores, y sin instrucción alguna, empezaron un movimiento repetitivo que entretejía sus palabras.
Al final de la sesión, el universo de telas y pañoletas bordadas cubría la mesa entera. Creo que lo que más me gustó fue ver la satisfacción de las mujeres al comprobar que toda la tela que trajimos se había bordado, y que gran parte de esa labor la hicieron los hijos e hijas de ellas. Al despedirnos con los últimos rayos del sol, nos comprometimos a llevar devuelta todas las pañoletas cuando las hubiésemos dejado de usar, para que cada niño las llevase y el restante fuera bordado en una colcha, así cosiendo el infinito espacio que nos separa del barrio y sus corazones.



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