28 Septiembre del 2024 - Sesión en el Museo de la Ciudad Autoconstruida de Ciudad Bolívar
- costurerocarcelari
- 4 oct 2024
- 3 Min. de lectura

Esta sesión ha sido de las que más me ha gustado. Desde hacía varias semanas, el recibimiento por parte del grupo del Museo fue bastante especial, y tuvieron un particular interés en ligar la actividad de cartografía con la discusión que plantearon sobre “limpieza social”. Para ello la sesión estuvo dividida en dos momentos de conversación y taller, cada uno con herramientas e insumos propios, pero coordinados por ambos procesos. Llegaron bastantes personas, y nosotros mismos también participamos casi como asistentes. Entre ambos grupos organizamos la comida y el espacio; la disposición en torno a la tela, acompañada de flores blancas, le daba un aire muy especial a la sesión.
Para la conversación usamos el texto “Limpieza social: una violencia mal llamada” del CNMH y dirigido por el profesor Mario Perea. Cuando vi clase con él pude leer parte del informe, y recuerdo mucho la imagen viva de uno de los testimonios -el de un paramilitar- narrando cómo era el proceso de ejecución en una de las canchas que se veían desde el teleférico que hay que tomar para llegar al Museo. Ciudad Bolívar había sido arrollada por una violencia inenarrable. Todos quienes estábamos presentes teníamos claro el por qué queríamos hablar de esa temática. En los últimos meses ha habido un aumento de los hechos victimizantes, y por más que queramos escapar de la cifra, en el ambiente se siente una inquietante sensación, odiosa y opresiva -cuanto menos- con quienes realizamos trabajo político. La perversión de una nueva arremetida paramilitar describe sus señas en toda la geografía de una localidad que emergió de ella misma, y por eso, es tan doloroso pensar que lo que se le ha arrebatado a la muerte ahora vuelve a ponerse en peligro.
Uno de los testimonios de ese informe es el de un vendedor ambulante que trabajaba más abajo de la última estación del teleférico. Recuerdo que mencionaba la “limpieza social” como lo necesario para que subieran los buses hasta allí, porque de otro modo sólo se hubiese propagado la delincuencia, el vicio y la guerrilla. En la sesión leímos otro testimonio, de un calibrador de buses, que recuerda que la “limpieza” tiene el valor aleccionante frente a quienes son vagos y delinquen. También una de las asistentes mencionó lo sádico, belicoso y cruel que es la violencia de la “limpieza”: esta no respeta nada, pide total subordinación, se ensaña contra los cuerpos de formas tan crueles que los extingue totalmente, los destruye. Evidentemente, la violencia de la “limpieza social” ocupa ese campo extremo del adiestramiento. La “limpieza” también es la prohibición de vivir la ciudad, a tal grado que se impide estar en la calle a cierta hora. El toque de queda, la raqueta, la vigilancia, los sapos, etc., son ritos propios de la violencia aleccionante, cuyo único objetivo es permitir la dominación de unos sobre otros.
Pero el horror de la “limpieza” es que esta nunca sea cuestionada. A ojos del barrio, de las autoridades y de sus habitantes, la “limpieza” es legítima, porque subsana al barrio de sus problemas. Con furor, los relatos de cómo se organizaron los vecinos para darle caza a los delincuentes aparecen rastreados en nuestra conversación. El deseo por la violencia es un deseo profundamente mecánico, porque devuelve el interés de quien la ejerce en el sentido de imprimir -física, mentalmente- una transformación sobre el cuerpo. Lo correcto y la justicia no son solo ideas apostilladas, sino que precisamente marcan el rumbo para entender la violencia aleccionante de la “limpieza”. Precisamente, la “limpieza” empieza cuando se cree que esta es justa porque acaba con el crimen; la degeneración y criminalización de los afectos, entonces, tiene una razón apremiante.
Para la segunda parte de la sesión, quisimos ofrecer una actividad que ayudase a reinterpretar y superar las difíciles emociones de la primera parte. Así, la propuesta fue bordar una nueva relación sobre la gran cartografía de tela que tenemos. No sólo buscamos entender esas violencias que sabemos que hacen eco en nuestro ahora, sino también queremos pensar en el cómo buscamos habitar en paz. Por eso buscamos abogar por imágenes que relacionaran los otros espacios de la localidad (Cerro Seco, el Palo del Ahorcado, el Cable) con los que poco a poco se ha construido una nueva sensibilidad. Esa tarea, la de provocar la sensibilidad, no sólo busca estimular los lazos y la consciencia, sino también ofrece una herramienta profundamente política ante el avance de las políticas de la muerte: narran donde ocurren las cosas y, por otro lado, donde se resisten, ofrece una nueva herramienta sobre el cual estrategizar, teorizar y actuar.



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